La gran capacidad de adaptación de la vitis vinifera ha dado lugar a las miles de variedades que habitan hoy el viñedo mundial
Abrimos una pequeña ventana al apasionante mundo de las variedades de uva: sus orígenes, su expansión por los viñedos del planeta, las confusiones que se han generado por el camino y también la multitud de nombres por los que se puede conocer a una sola uva.
Para muchos aficionados, uno de los temas más apasionantes del mundo del vino es conocer, y sobre todo probar, nuevas variedades de uva. Hasta el punto de que en 2005 se llegó a crear en Estados Unidos un divertido club que pide a sus miembros que certifiquen con su buena fe que han probado al menos cien variedades distintas.
No sabemos si los creadores del Wine Century Club, el matrimonio De Long, son muy estrictos a la hora de revisar las listas que facilitan sus asociados y comprueban que no les “cuelen” la misma uva con distintos nombres.
Lo que en el mundo del vino llamamos “sinonimias” no es sino la constatación de los diferentes nombres que una misma uva puede recibir en distintos lugares.
Un ejemplo: la tempranillo, nuestra uva tinta más conocida y abundante, recibe el nombre de tinto fino y tinta del país en la Ribera del Duero y otras regiones de Castilla y León, cencibel en La Mancha y ull de llebre (ojo de liebre) en Cataluña. Y la tinta de Toro de la denominación zamorana del mismo nombre no es sino una adaptación particular de la tempranillo en esta región que ha dado lugar a una uva con algunas características diferenciadas.
A la vista de esta realidad, cada elaborador toma su decisión sobre el nombre que decide poner en la etiqueta del vino o en los folletos informativos de la bodega o en su página web… En Rioja, desde luego, sólo se habla de tempranillo, ya que el término está firmemente asentado. Pero en Ribera las cosas cambian. Incluso si nos remontamos algo más atrás, a las décadas de los setenta y ochenta, todavía era habitual utilizar en esta región el nombre de tinto aragonés para referirse a la tempranillo.
Hoy hay quien, como Alejandro Fernández, de Pesquera, prefiere utilizar tempranillo porque es el nombre más conocido y extendido de la variedad y, de hecho, lo aplica indistintamente a sus vinos de Ribera del Duero, Zamora y La Mancha elaborados con esta uva. Otros, como la familia Moro (Bodegas Emilio Moro), abogan por el carácter diferencial de la tempranillo de la Ribera (dicen, por ejemplo, que el grano es más pequeño) y se preocupan por seleccionar material vegetal de sus viñedos más viejos para sus nuevas plantaciones. En su boca todo esto se explica haciendo uso de dos palabras: tinto fino.
Origen y confusiones
Para quien se acerca por primera vez al mundo del vino, puede resultar bastante desconcertante que una misma uva reciba tantos nombres distintos.
En ocasiones los nombres que identifican a las distintas variedades tienen mucho que ver con alguna característica fácilmente observable, un comportamiento particular en la viña o el que se considera su lugar de procedencia. El término sauvignon que aparece en la cabernet sauvignon o la sauvignonblanc parece aludir al origen “salvaje” de estas variedades (muchas uvas se formaron a partir de la unión de la vitis silvestris y la cultivada o vitis vinifera); la cariñena sería originaria de la ciudad aragonesa del mismo nombre; la tempranillo se caracteriza por su maduración temprana; la sangiovese italiana sería conocida desde muy antiguo, ya que etimológicamente deriva de sanguis jovis (sangre de Júpiter); la garnacha peluda recibe este nombre por las vellosidades características que aparecen en el envés de la hoja.
Está comúnmente aceptado que la vitis vinifera tiene su orígen en el Cáucaso, en los que serían los actuales territorios de Georgia y Azerbayán. Desde allí se habría extendido hacia el este (hacia India, China y Japón) y, por la cuenca del Mediterráneo, hacia el oeste. Se cree que su gran capacidad de adaptación al medio, su evolución hasta convertirse en una planta hermafrodita, el gran número de genes que albergan sus cromosomas y la facilidad con que estos mutan son razones más que suficientes para explicar la gran cantidad de variedades de uva existentes en la actualidad. ¿Por qué añadir entonces más dificultad llamando a las mismas uvas de distinta manera?
La mayoría de las veces, la explicación está en la historia y en la manera en la que las variedades han realizado su “viaje” por diferentes viñedos del mundo. En California, por ejemplo, es habitual denominar mataró a la monastrell, una sinonimia que sin embargo no se encuentra en España, pero se explica por la posible procedencia de esquejes desde el puerto de Mataró.
Otras veces, estos periplos han desembocado en notables confusiones. La carmenère, que se ha convertido en uno de los productos más exitosos y exportables de Chile en los últimos tiempos gracias a los tintos fragantes, sedosos y fáciles de beber que se elaboran con ella, vivió de incógnito en el viñedo de este país hasta comienzos de la década de los noventa. Fue entonces cuando se descubrió que una parte muy importante de lo que se había plantado como merlot era en realidad esta variedad de Burdeos con presencia totalmente residual en su viñedo de origen.
El ADN, incuestionable
Las grandes similitudes físicas que algunos científicos habían encontrado entre la zinfandel californiana y la primitivo italiana quedaron despejadas definitivamente hace unos años cuando la Universidad de Davis aplicó la prueba del ADN y descubrió que no tenían nada en común. Al final resultó que la zinfandel venía de Croacia y que era la misma uva que la difícilmente pronunciable crijenak kastelanski.
Desde que existe la posibilidad de realizar análisis de ADN, se han superando las limitaciones de la ampelografía. Esta ciencia, encargada del estudio, descripción e identificación de la vid y sus variedades, a menudo resultaba ineficaz ante los cambios que se podían producir en la morfología de la planta debido a su ubicación, condiciones climáticas o enfermedades.
Gracias al análisis del material genético se sabe desde finales de la década de los noventa que de la pinot y la casi desconocida y muy poco reputada gouais blanc han salido variedades como las chardonnay, aligoté o gamay; y que la archiconocida cabernet sauvignon procede de la unión de sauvignon blanc y cabernet franc.
A estas investigaciones realizadas por la Universidad de Davis y lideradas por la experta Carole Meredith, se suman las llevadas a cabo por investigadores españoles que descubrieron hace un par de años que la moscatel de Alejandría y la listán prieto son las antecesoras de una gran mayoría de variedades del continente americano como las país, criolla, chica, negra peruana, misión y mission.
En un contexto más actual, gracias al ADN también sabemos a ciencia cierta que la albariño no es la riesling alemana conducida con esfuerzo a través del camino de Santiago; que la mencía del Bierzo no está emparentada ni de lejos con la cabernet franc francesa como se había repetido durante años; o que la escasa parraleta del Somontano no tiene nada que ver con la graciano riojana, que sí es, en cambio, la misma uva que la tintilla de Rota gaditana. Quizás se ha perdido en romanticismo, pero se ha ganado –y mucho– en precisión
Nombres que hay que conocer
Además de las aclaraciones anteriores, conviene tener a mano una lista rápida de “sinonimias” para no confundirse frente a la etiqueta. La tempranillo, como señalábamos al principio del artículo, no es sólo una de las variedades que más nombres recibe, sino que la mayoría de ellos se utilizan con bastante frecuencia dentro y fuera de sus ámbitos locales.
Es importante saber también que la mazuelo riojana, utilizada habitualmente en Rioja como uva de ensamblaje y más recientemente con varias experiencias como monovarietal, no es sino la cariñena de Aragón y Cataluña (carignan en Francia y en el resto del mundo), aunque en esta última región tiende a imponerse últimamente el término de samsó, especialmente en el Priorat, donde es la gran uva autóctona junto a la garnacha.
La garnacha (grenache en francés) también tiene sus sinonimias, pero son bastante minoritarias. Se encuentra a menudo con la grafía garnatxa en las denominaciones catalanas, mientras que en zonas de Castilla y León y Madrid se la conoce como aragonés. Para quien vaya de vacaciones a Cerdeña, la cannonau de la isla también es garnacha.
La garnacha tintorera, muy abundante en Almansa y en Albacete en general y con presencia también en Murcia es la misma alicante bouschet que se encuentra en la zona norte. En este caso, su origen es bien claro: es un cruce de petit bouschet y garnacha realizado en el siglo XIX.
La monastrell es la garrut de Tarragona y la murviedro de Valencia, término este último que ha dado lugar al nombre por el que se la conoce mejor en todo el mundo: mourvèdre, seguramente por los famosos vinos de Murviedro (Sagunto) que triunfaban en el siglo XVIII.
En blancas, la viura riojana y de otras regiones de Castilla y León es la macabeo catalana. En La Mancha se usan los dos nombres y, en general, las dos designaciones tienen gran entidad. La palomino de Jerez es la jerez de muchas zonas de Castilla y León y la listán blanca canaria. Dentro de un ámbito más minoritario, la pansa blanca de Alella es la misma xarel.lo de otras regiones catalanas. Y cuando llegamos a la moscatel, hay que diferenciar entre la moscatel de Alejandría, que es la misma moscatel de Málaga o la moscatel romano, de la llamada moscatel de grano menudo o moscatel menudo o, en Francia, muscat de Frontignan.
No se extrañen, por último, de ver a una de las uvas de moda, la syrah (como se ha utilizado siempre en Francia), con la grafía shiraz como la escriben los australianos. Es la misma variedad y a veces escribirla de una manera u otra puede ser una declaración de principios sobre si se elabora en una línea clásica francesa o al más potente estilo australiano.
Por cierto que quienes quieran subirse al carro de probar variedades a destajo, el Wine Century Club acaba de crear una nueva categoría, la “doppel” (quiere decir “doble” en alemán) para aquellos muy ilustres socios que hayan probado vinos de hasta 200 uvas diferentes.
España es un buen lugar para empezar. Sobre todo si además de rescatar cepas que empiezan a reclamar su lugar entre los vinos de calidad, como las prieto picudo, rufete o juan garcía de León o la bobal de Utiel-Requena y Castilla La Mancha, uno se pone a explorar en los viñedos de las islas (callet, fogoneu, gargollassa, giró o calop en Mallorca y gual, negramoll, tintilla, baboso negro, vijariego… en Canarias) , o en las más desconocidas uvas tintas del norte (espadeiro, caíno, loureiro tinto…).
